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El Tema del Mes

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Septiembre 2009 .-

Una sociedad que difícilmente podríamos considerar sana: los desajustes y desigualdades, que perjudican principalmente al más débil, no hacen sino agravarse ante el conformismo generalizado.

Es el panorama que nos traza, con oportunos ejemplos, este texto del Dr. Oriol Vall Combelles, Jefe del Servicio de Pediatría del Hospital del Mar en Barcelona.



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Salud, Contexto y Entorno

Texto: Oriol Vall Combelles, Servicio de Pediatría, Hospital del Mar (Barcelona)

El niño, al igual que el adolescente, va de la mano de la Revolución Industrial del siglo XIX. En 1881, Bismarck, el canciller de hierro, se vio forzado a impulsar una legislación social por las reivindicaciones de los trabajadores de la industria. Era una nueva clase social emergente y distinta a la del trabajador agrícola, que reivindicaba otro tipo de mejoras y derechos. Convencido de que sólo la acción del estado podría frenar el ímpetu revolucionario, se vio forzado a aprobar las primeras leyes sobre accidentes de trabajo y seguridad social, frente a enfermedades, accidentes o situaciones invalidantes, así como el reconocimiento de los sindicatos.

Por primera vez, el niño trabajador, aparece como sujeto de derechos, independiente del padre y de la madre. Por lo tanto, se podría decir que el niño, como sujeto de derecho, es hijo de la Revolución.

El 20 de Noviembre de 1959, las Naciones Unidas, aprobó la Declaración de los Derechos del Niño. En este documento se señala que: el niño debe ser protegido contra las prácticas que puedan fomentar la discriminación racial, religiosa o de cualquier otra índole. Debe ser educado en un espíritu de comprensión, tolerancia y amistad entre los pueblos…

Treinta años más tarde, el 20 noviembre de 1989, la ONU votó la Convención de los Derechos de la Infancia. El texto fue aprobado por 43 estados, con la excepción de Estados Unidos de América y Somalia, únicos países que en la actualidad siguen sin ratificarlo. La Convención, se diferencia de la Declaración, en su carácter mucho más preciso, en el compromiso que supone para los países firmantes y en el desarrollo de los programas. A partir de ahí, el viaje común entre niño y sociedad ha estado jalonado de desencuentros.

En el año 1847, en la provincia alemana de la Alta Silesia, hizo su aparición de manera brusca una epidemia de tifus, que causó alarma social y una grave situación de salud pública. El gobierno de Berlín, encargó al joven patólogo Rudolf Virchow, el estudio de la situación sanitaria en aquella zona del país. En sus conclusiones al informe redactado hizo referencia a que las causas se debieron fundamentalmente a la pobreza, a la mala nutrición, a la insalubridad de las viviendas, a la baja educación de la población y, en definitiva, a políticas sociales y sanitarias deficientes. Entre sus recomendaciones incluyó, el crear empleo, aumentar los salarios, mejorar la educación, amen de otros cambios económicos y sociales. Cuando las autoridades le recriminaron no haber realizado un informe médico sino político, Virchow les contestó, que la medicina es una ciencia social y que la política es una medicina a gran escala.

En el seno de la Medicina social, la Pediatría Social cobró auge y pronto le surgieron más preguntas que respuestas. Se le planteó gestionar la complejidad de una historia clínica llena de círculos concéntricos (casa, escuela, pueblo, urbe, país) y la necesidad de escuchar lo que decían otros ámbitos del saber (psicología, sociología, epidemiología). Con el tiempo, la Pediatría Social, ha descrito cuadros médicos y ha definido síndromes clínicos, pero una vez nombrados, se tornan inmediatamente efectos. Ante una lista de síntomas, la pregunta surge de inmediato: ¿dónde están las causas y como diseñamos la respuesta terapéutica? Esta es la cuestión que impide proseguir a muchos profesionales de la salud. Problemas de enorme magnitud, para los que los conocimientos teóricos, las habilidades médicas y las actitudes clásicas, no funcionan del todo.

Sin ninguna duda, acaba en pobres resultados, listar únicamente los nombres de patologías supuestamente sociales en poblaciones de ancianos, mujeres, trabajadores o niños, y limitarse únicamente a describirlas. Hay que convocar además, la responsabilidad de los profesionales para que investiguen las causas, más allá del signo o síntoma. Y además, se comprometan en solucionar problemas que, en muchas ocasiones, necesitan más de cuerdas para salir del pozo social, que de pastillas cada ocho horas.

En todos los rincones del planeta, son homologables la mayoría de diagnósticos médicos, como la diabetes, los tumores, las fracturas o el asma. Probablemente la única diferencia sea los recursos sanitarios con que se cuenta. Sin embargo, para los problemas sociales, cuyas consecuencias acaban teniendo efectos médicos, es difícil tener respuestas mundialmente comunes, ya que éstos tienen que ver con el tipo de organización poblacional en su conjunto. Por esta razón una cultura amplia y un saber profundo del profesional, incrementan las garantías diagnósticas, muchas veces complejas. De ahí que la historia, la ética o la antropología ayuden a un conocimiento redondo sobre el paciente.

Más todavía, se trata de buscar el mapa que subyace bajo las fichas de un imaginario rompecabezas cuyas claves remiten a dolor, impotencia, ignorancia o perversión. Se impone la búsqueda de una cartografía social que permita investigar el sistema de organización y relaciones internas de un determinado grupo humano, estudiar sus asimetrías evidentes y su correlación de fuerzas poco explícitas y poder predecir así, las enfermedades sociales que, tarde o temprano, se harán visibles en sus ciudadanos.

Llegados a este punto, tal vez haga falta recapitular. Tradicionalmente la sociedad elaboraba sus productos para cubrir sus propias necesidades, éste era el concepto rural basado en la propia autonomía del grupo. En las casas, caseríos y pequeñas comunidades, se elaboraba el pan, el vino, el aceite, el jabón, la energía calórica, la conservación de los alimentos y en muchos casos la confección de los propios tejidos. Esto sucedía a principios del siglo XX en Europa, aunque todavía se mantiene este sistema en buena parte de las sociedades agrícolas del hemisferio sur.

En una segunda etapa todavía próxima, el pueblo adquiría los productos ya elaborados por la industria, es decir, se abandonaba la autonomía en aras a una mayor operatividad, y es ahí donde aparecía el concepto de "urbano" que relevaba al antiguo concepto de "rural". Los bienes, como sucede hoy en día, ya no se elaboraban en el propio medio sino que se adquirían en otro lugar donde previamente se habían manufacturado y especializado. La razón de ser de estas empresas era, por tanto, hacer frente a las necesidades del ciudadano y de ahí que se esmerasen a que los productos fuesen asequibles económicamente, duraderos y próximos al cliente, es decir fáciles de adquirir.

Pero en una tercera etapa, que es la actual, aparece el llamado valor de consumo. Es decir, antes la empresa invertía en calidad, duración y buen gusto, sin embargo hoy día sus intereses son otros, principalmente cantidad demandada, no-durabilidad y homogeneización de los gustos al estilo "Coca-cola". La economía y las finanzas desplazan al ciudadano como eje sobre el que gira el proceso y se coloca, la venta por la venta, como objetivo primordial. El ser humano pasa a ser un mero escalón del sistema.

No nos obcequemos. El mundo de las finanzas es, sin duda alguna, críptico, de ahí que hayan proliferado muchas analogías que tratan de explicar unas propiedades intangibles. Se dice quelas finanzas reúnen cuatro atributos que la hace casi divina, es decir,
es inmaterial, inmediata, permanente y planetaria. Según algunos antropólogos, el mercado ha venido a ocupar, en cierto sentido, un lugar reservado a la religión. Marc Blondel, con un pragmatismo más sindicalista, ha llegado a plantearlo de forma distinta: hoy día, los poderes públicos no son más que unos asalariados de la empresa y, por tanto, el mercado gobierna y el gobierno administra.

En esta tercera etapa, es cuando irrumpe además la publicidad como elemento escaparate de la venta. La publicidad seduce y educa al consumidor, principalmente al de bajo nivel educacional y discreta formación cultural. Le hace dependiente más allá de su capacidad de gasto. Unos adquieren y otros sueñan, pero todos quedan atrapados. Si anteayer se buscaba el producto que se necesitaba para consumir, ayer se planificó que el ciudadano encontrara siempre todos los productos de consumo a mano, hoy la publicidad ha creado al consumidor, el cual compra productos sin necesitarlos.

El consumo, a través de la publicidad, sabe crear adictos, aficionados, creyentes, necesitados, coleccionistas, mitómanos. Todo parece necesario: esoterismo, belleza, vitaminas, modas, psicoanálisis, cruceros por el Caribe, escándalos, telepredicadores, mucho ocio, muchísimo deporte e infinita televisión. La pulsión en vender puede llevar a "deseducar" el gusto y la estética y enaltecer lo vulgar por ser lo más extendido. Karl Marx decía: Dadme un molino de viento y os daré la Edad Media. Tal vez se podría extrapolar diciendo dadme la publicidad y una sociedad con poder de compra y baja formación, y os crearé al homo consumidor.

Noam Chomsky, comenta en sus artículos, que antes la información era proporcionar una descripción precisa y verificada de un hecho o acontecimiento comprensible para el lector incluso en su significado más profundo. Hoy, es asistir en directo al acontecimiento, con la engañosa sensación, de que ver es comprender.


El ser televidente, no exige ni esfuerzo, ni disciplina, ni paciencia, ni una actitud activa que es lo que se exige en las aulas. Lo grave es que en muchos casos, lo que educa la escuela durante el día, lo deshace la televisión durante la noche. Es decir, existe un doble mensaje dirigido al niño que deberá tener que resolverlo solo, y en muchos casos, con alta probabilidad de convertirse en un analfabeto audiovisual.

La realidad es compleja y obsesiva. Después de un ciclo económico-social en el que prevaleció una educación patriarcal y autoritaria, con pocas dudas sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal, ha aparecido otro ciclo más autónomo y diverso, probablemente con más variedad de ofertas y con todo tipo de oportunidades aparentes. Es el momento que viven hoy día muchos países del hemisferio norte, cuya tendencia se inclina a globalizarlo todo aunque sea a la fuerza. No obstante, el tributo a pagar por este último ciclo, es una sociedad que propone una competición permanente, que obliga a creer en necesidades que se van incrementando exponencialmente, que además desarrolla grandes desigualdades sociales y que plantea un individualismo narcisista sin sentido.

El propio entorno, no está constituido sólo de cosas, sino que a cada ciudadano le rodea una ecología total con el ser humano incluido. Es decir, la libertad necesita del "otro" para poder expresarse realmente. Lejos de ser un límite para cada cual, es una condición necesaria para poder ejercer esta libertad plenamente.

Sin "el otro" en mi entorno, sólo somos responsables de nosotros mismos, y es entonces cuando la sociedad desaparece. El peligro añadido es que, en este caso, la responsabilidad social deja de existir y la responsabilidad se computa, necesariamente, como personal e intransferible. La sociedad, las políticas, los gobiernos quedan exculpados. La conclusión es entonces demasiado simple y arriesgada: cada uno tiene lo que merece.

El análisis de este homo consumidor, es que presenta cada vez más, una creciente dificultad en apreciar, con mínima coherencia crítica, la realidad circundante. Vacío de debate, de elementos de reflexión, de argumentos para la réplica y sin apenas defensa crítica, va adaptando progresivamente sus gustos a la conveniencia del mercado. Más todavía, se le suscita una atenta actitud de espera a todo cuanto ese mercado le va ofreciendo y aparece un empeño en estar a la altura de la oferta, al igual que sucede en los niños. Es difícil saber si es bueno o malo ser niño, probablemente ni lo uno ni lo otro, pero una sociedad como la descrita, infantil y poco madura, tiene sus peligros.

Todo ello conduce a una mediocridad preocupante en los conocimientos que se adquieren y que se expresan en otros ámbitos como las relaciones familiares, los hábitos sociales, las conductas en el trabajo, el no-valor otorgado al espacio público y el acriticismo frente a modas o ideas.

Joan Benach, médico experto en desigualdades escribe en su libro: "Aprender a mirar la salud" (2004), que Europa y EEUU gastan 17.000 millones de dólares en comida para animales domésticos, mientras que con 13.000 millones de dólares sería posible obtener alimentación y salud básica para todo el mundo. Europa gasta 105.000 millones de dólares en bebidas alcohólicas, mientras que con 9.000 millones de dólares, sería posible tener acceso a agua potable, y sanidad para todos. El mundo está enfermo de desigualdades.

Otros aspectos médicos sociales, propios de sociedades opulentas, son la prevalencia de las enfermedades mentales, más frecuentes entre hijos de padres de baja formación (15 %) que entre los de formación media (6 %). Habría que añadir también, el fenómeno de las adicciones, la violencia entre iguales, los intentos o consumación de suicidios, el maltrato y abuso en el seno familiar, el fracaso escolar y sobre todo la aparición del niño como sujeto de consumo.

Las borracheras entre adolescentes son consideradas de alto riesgo sobre todo por las consecuencias posteriores, accidentes de tráfico y reyertas entre pandillas rivales. En España se han popularizado los "botellones" con ocupación del espacio público para beber hasta altas horas de la madrugada, principalmente en verano. Las conductas incívicas son frecuentes.

Una vez más, todo vale. Se afianza el mensaje conformista de que "la sociedad es así". Y es que, desafortunadamente, la generalización absuelve.


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